De por qué no se puede innovar sin el apoyo del Estado, las instituciones académicas y la empresa privada
Quiero empezar hablando de Silicon Valley. Silicon Valley es el ejemplo perfecto de lo que trato de decirles.
El gobierno norteamericano ayudó a Stanford a construir su
reputación como una universidad líder en investigación, lográndolo al rodearla
de instalaciones relacionadas a la defensa e investigación espacial y contratando
al Stanford Research Institute (SRI) para la realización de varios proyectos
claves en los mismos. Construyendo su reputación aprovechando el contexto de la
Guerra Fría y la Guerra de Corea, Stanford enviaría con esto una clara señal a la empresa
privada, cuyos departamentos de investigación y desarrollo empezaron a establecerse
alrededor. El gobierno, actualmente, patrocina a Stanford con un presupuesto
para investigación de alrededor de mil millones de dólares y hoy, la zona de
Silicon Valley ha adquirido vida propia, siendo ya no solo reconocida por sus
descubrimientos en materia de investigación, si no también en innovación. Cuna
del desarrollo microinformático, Silicon Valley es el lugar con más
concentración de empresas tecnológicas en el mundo (incluso, de ahí su nombre, “silicon”
significa silicio, que es el componente principal de los microchips). El nivel
de desarrollo alcanzado a la fecha es solo comparable a la Florencia de los
Médicis en el sXIV, que lograron marcar una época gracias al apoyo brindado a los
más grandes escultores, pintores, filósofos e ingenieros de esos años, dándonos
genios tales como Leonardo Da Vinci o Miguel Ángel. Los nuestros son ahora Bill
Gates, Marc Zuckerberg y Jeff Bezos y, al igual que aquellos, también están
dejando su huella no solo en Silicon Valley, si no en el mundo.
Silicon Valley es el resultado de una amalgama formada con elementos del mundo académico, el sector privado e inversiones por parte del gobierno de Estados Unidos, a lo que se le suma una población de emprendedores e innovadores en serie. Un espacio que actualmente conforma un ecosistema que invita a continuar creando y difundiendo el conocimiento, gracias a la interconexión y al flujo continuo de datos. No existe en el mundo otro tan desarrollado, tan profesionalizado y tan capaz de generar innovaciones exitosas. Si bien el Wista Science Technology Park de Berlín y el Digital Media City de Seúl dan batalla, Silicon Valley ya les lleva años de ventaja. Allí conviven algunos de los mejores emprendedores, inversores, incubadoras, aceleradoras y grandes compañías, potenciándose unos a los otros de manera permanente.
En Latinoamérica, hablando sobre todo de Perú, que es el caso
en el que deseo enfocarme, hay una gran ausencia de políticas públicas eficaces
(y eficientes) que den lugar a la construcción de un entorno favorecedor para
la innovación. Estamos a años luz de nuestro propio Silicon Valley. No hay presupuestos o éstos son de pronto recortados y, en
cuanto al empresariado, éste todavía tiene temor de invertir en innovación. Y
es que hay mucha dificultad en implementarla de un modo que sea sostenible,
tanto por un tema de mentalidad como de estructura organizacional (lo cual, con
todo, parece estar cambiando tímidamente). Al menos se ven ciertas
colaboraciones con algunas instituciones académicas, pero a éstas también les
falta el empuje necesario para poder contribuir a apoyar proyectos con
potencial. Se busca también el apoyo extranjero pero me atrevería a decir,
nuevamente que, sin el entorno adecuado (sin todo funcionando en engranaje -Gobierno,
Empresa Privada, Academia- como sería deseable) muchas de las iniciativas están
destinadas a no desarrollarse en todo su potencial o, sencillamente, a
naufragar.
La innovación avanzará lentamente si no va acompañada de las sinergias adecuadas y capital. Perú debería invertir más en este rubro para lograr mayores tasas de crecimiento sostenible en el futuro. Sin innovación no hay progreso y, en medio de la actual crisis sanitaria y económica, debiera reconsiderarse como una prioridad.
Saludos y hasta la próxima entrada ;)
MC

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