El factor humano
Ayer vi una película en Netflix, basada en un caso real, sobre un piloto que, debido a una falla en ambos motores de un avión, debe acuatizar de emergencia en un río, consiguiendo salvar la vida de 155 seres humanos (la suya incluida). Un acto que para cualquiera sería considerado una hazaña heroica fue, sin embargo, cuestionado y llevado a audiencia pública por la Junta Nacional de Seguridad de Transporte de EE. UU., quien le reclamó el haber puesto en riesgo innecesario la vida de los pasajeros. ¿El motivo? Resultó que aquello que acababa de hacer había sido probado 17 veces en distintos simuladores y, en todos estos ficticios escenarios, el avión lograba llegar sin mayores problemas hasta la pista de aterrizaje, pareciéndoles impráctica y osada su maniobra de forzosa en el agua (dicho sea de paso, estamos hablando del único accidente de estas características del que alguien ha podido salir con vida).
Lo que los miembros de la junta no estaban teniendo en cuenta era que la vida real no se rige a partir de un pensamiento completamente racional y organizado en la que todo ocurre de manera perfecta como en los absolutamente controlados escenarios que te podría dar un robot. A sabiendas de ello, el experimentado piloto (que había trabajado tanto como piloto de combate para la Fuerza Área e incluso colaborado con la NASA) pidió volver a revisar los simuladores incluyendo en ello una variable desde su perspectiva importante: el factor humano, es decir, esos segundos de pausa y al mismo tiempo de terror en que su corazón se volcó para luego decidir qué hacer para dar la mejor resolución a lo que pudo haber sido un fatal accidente. La junta le concede 35 segundos de retraso en la respuesta y aplicándolos al simulador (y sin practicar 17 veces), da como resultado un gran desastre. El acuatizaje del piloto Chesly Sullenberg fue a todas luces una maniobra desesperada (pero inteligente) que en ese contexto no sólo logró salvarlos a todos, si no que acabó siendo prácticamente un milagro que solo una persona con su amplio conocimiento e intuición de más de 30 años en el rubro pudo concretar. De nuevo, el factor humano. “Nadie jamás ha entrenado para un accidente igual. Si están buscando errores humanos, vuelvan el proceso humano,” le espetó Sullenberg a la junta. Le fueron retirados los cargos.
Cabe anotar que la crítica de fondo no es la tecnología en sí, si no la actitud dependiente hacia ella en la era digital, al eficientismo despiadado y a la importancia de considerar que, detrás de todo, siempre hay personas. Decidí llamar este blog “El factor humano” ya que, en la vida real, rara vez hay ensayo y eso es lo que parece olvidarse en una sociedad cada vez más preocupada por la limpieza en los procesos que desconoce (voluntaria o involuntariamente) que en su interior hay personas con gestos, actitudes y comportamientos que nunca van a ser totalmente ascépticos y en los cuales, para bien o mal, siempre influirán una multiplicidad de factores. Creo que nos falta realmente considerar más a las no tan predecibles personas, escucharlas e incorporarlas a las ecuaciones. En ese sentido es que he dedicado casi toda mi vida profesional al estudio de los mismas, tratando precisamente de rescatar el aporte para plantear propuestas y alternativas reconciliadoras.
Proponer antes que imponer me parece un gran lema y creo incluso que eso podría aplicarse a nuestro contexto de pandemia, en donde el estudio (o al menos el interés en tener un conocimiento mayor) de nuestros públicos (qué hacen, qué piensan, qué valoran, qué escuchan, qué ignoran, cómo viven, qué) podría darnos mejores soluciones teniendo en frente una realidad tan compleja y diversa como la nuestra, aunque sin perder vista lo que como humanidad compartimos. Se ha hablado últimamente mucho, por ejemplo, de “la rebeldía del peruano” pero, ¿no estamos viendo actitudes similares de protestas acerca de las políticas gubernamentales en otros países? Quien tenga hijos adolescentes o recuerde sus años mozos más cuestionadores recordará cuando sus padres le prohibían salir de casa o acudir a algún sitio. La mayoría se veía tentada a desobedecer, recibiendo por ello grandes castigos. La otra cara de la moneda serían aquellos padres que, conociendo mejor las circunstancias y el carácter de sus hijos, saben hacer o decir cosas que impactarán en ellos de modo tal que logren su objetivo sin que la relación se quiebre o, en todo caso, haya sufrimientos mínimos. Porque en donde halla personas, habrá siempre sentimientos, razones, voluntades. Entender es importante. Negociar con la vida también lo es. El conocimiento, a todo nivel, es poder y es esa reflexión la que, a partir de este humilde blog, trataré de difundir y promover.
Saludos y hasta la próxima entrada 😉.
MC

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